viernes, 6 de marzo de 2015

EL ARTE DE JOSÉ LUIS GARCÍA-LÓPEZ (XII):
'THE HOUSE OF SECRETS' # 154 (1978)


Portade de Mike Kaluta.
'The House of Secrets' # 154 (Noviembre 1978).
Título: 'The Knight in a Gilded Cage!' ("¡El Caballero en una Jaula Dorada!") - 5 páginas.
Guión: Scott Edelman.
Lápiz y tinta: José Luis García-López.
Color: Jerry Serpe.

Con motivo de la inminente visita de José Luis García-López a la próxima edición del Salón del Cómic de Barcelona (del 16 al 19 de Abril, en lo que sin duda es el acontecimiento artístico del año) retomo una vieja sección que tenía bastante abandonada últimamente: 'El Arte de JLGL'. Eso quiere decir que desde hoy hasta esa fecha límite vamos a ir publicando (casi de manera monográfica) diferentes entradas en el blog para homenajear a uno de los dibujantes más grandes que haya dado nunca la industria del cómic americano. Espero que os gusten, o que por lo menos las encontréis lo suficientemente ilustrativas. En todo caso, el objetivo es dar a conocer algunas de las obras menos reconocidas (que no menores) de la carrera del maestro hispano-argentino.

Y empezamos con esta historia corta publicada en uno de los títulos de terror más longevos y más recordados de DC: 'The House of Secrets' (curiosamente, en el número 154, el último de la serie) en el que el anfitrión de la casa -Abel, famoso por el rescate que Neil Gaiman hiciera del personaje en 'The Sandman'- nos introducía en un relato de andanzas caballerescas ambientado en la Edad Media. En este encargo García-López nos muestra a las claras la influencia recibida de Hal Foster y su 'Príncipe Valiant'. Debido a que en este trabajo pudo entintarse a sí mismo, el resultado final del dibujo (que aquí disfrutamos en reproducciones de las páginas originales) es mucho más elaborado y presta mayor atención al detalle de lo que solía ser habitual cuando sus lápices eran entintados por terceros. Fijaos si no en las tramas, tanto manuales como mecánicas, con las que GL adorna sus tintas. Y por cierto... la portada de Mike Kaluta de este ejemplar es una auténtica maravilla. Si no lo digo, reviento...



PÁGINA 1:
- ¿Recordáis los buenos viejos tiempos, fans del miedo? ¿Tiempo atrás, cuando los caballeros de brillante armadura eran las superestrellas? He aquí una remota historia de entonces... ¡EL CABALLERO EN UNA JAULA DORADA!
- El polvo seco levantado por los cascos de los caballos se pegaba a las gargantas de los nobles... y las lenguas de satén de las jóvenes damas relamían sus labios resecos. ¡Pero nadie osaba apartar sus ojos del campo de batalla un sólo instante, ni siquiera para aplacar su sed! Puesto que el Caballero Dorado había tomado su lanza... ¡y cargaba!
- ¡Sir George me tendrá a su servicio tres años más antes de que me gane el título de caballero! ¡Mal rayo le parta! Robert el escudero sería con gusto el "Caballero" Robert... ¡ahora mismo!



PÁGINA 2:
- El Caballero Dorado era un maestro de las justas... y de la psicología también... ¡aunque el padre de ese arte postrero no nacería hasta dentro de media docena de siglos! ¡La impenetrable armadura de Sir George era dorada para capturar y reflejar a un tiempo los rayos del sol, deslumbrando los ojos de sus enemigos!
- ¡Bravo, caballero! ¡Bravo!
- ¡Hurra, Sir George!
- Mantenía su rostro fuertemente oculto tras su casco para infundir temor a sus oponentes... cuya imaginación corría desbocada ante el hecho de no conocer la cara de su enemigo. ¡Y su voz! ¡Señor, su horripilante, espectral y fantasmal voz!
- Os doy las gracias a todos, nobles y damas, por mi victoria, puesto que, como todas las de los caballeros, no me pertenece a mí... ¡sino a vosotros!
- ¡Sir George de Sherwood jamás había sido derrotado en el campo de honor! ¡Y ningún espectador rezaba más fervientemente por que así fuera que su propio y envidioso escudero!
- ¡Yo debería ser el que recogiera las rosas de la victoria... no él! ¡Y mañana... lo seré!



PÁGINA 3:
- ¡Los pensamientos de traición de Robert el escudero no se desvanecieron con el final del día... sino que le acompañaron hasta el pabellón de Sir George, donde el caballero debía solazarse para el próximo día de torneo!
- Desabróchame la rodela, escudero... ¡el esfuerzo de hoy me ha dejado agotado! ¡No deseo soportar esta carga por más tiempo!
- ¡Sí, amo! (¡Y no la soportaréis mucho más! ¿Puesto qué utilidad tiene una armadura dorada para un cadáver?)
- ¿Por qué titubeas, escudero? Continúa con... ¡¡UHHH!!
- Con un cobarde golpe de hoja, el escudero Robert le cercena a Sir George... ¡su vida!
- ¿Por qué, escudero Robert? ¿Por qué?
- ¡Porque no quería esperar más para ser un caballero, necio! Puesto que si nadie... ni siquiera yo... ha visto nunca vuestra faz ¿entonces quién sería tan sabio como para discernir que los rasgos que el casco dorado escondía no eran los vuestros... sino los míos?
- Quizás seas un caballero momentáneamente... pero esto te juro... no permitiré que vuelvas a ver ponerse el sol... otra vez...
- ¿No? ¿Cómo cumpliréis eso, cuando ni siquiera podéis evitar que os despoje de vuestra máscara? ¡Ja! No sólo no era más diestro que yo... ¡sino que sus rasgos no eran más hermosos! ¡Pero no importa, puesto que ninguno de nuestros respectivos semblantes volverán a ser vistos de nuevo! Desde ahora y para siempre... ¡yo soy el Caballero Dorado!



PÁGINA 4:
- Al día siguiente, cuando las trompetas de los trovadores anuncian el comienzo de los juegos, es el escudero Robert quien viste la armadura del Caballero Dorado... ¡y nadie se percata de ello!
- (¡Funcionó...! Las damas me lanzan rosas... ¡exactamente como hacían con él! Y si les devolviera las flores con un beso ¿entonces qué...? ¿Eh? ¿Qué es esto? Mi brazo... ¡no se mueve! ¡Mi armadura está rígida como una piedra!)
- Si eso hubiera sido todo... ¡entonces el final del escudero Robert no habría sido tan repentino! Porque es cuando la armadura comienza a moverse... con él dentro... ¡que el terror comienza de verdad!
- (La armadura... ¡me obliga a desmontar! ¿Pero cómo... por qué?)
- Y entonces, milady, herí al dra...
- Sois un mequetrefe traicionero, Sir Geoffrey... ¡y no sois digno de cortejar a una de las damas de la Reina!
- (Esa voz... ¡es la de Sir George!)
- ¡Qué! ¿Cómo osáis? ¡Debéis haber perdido el juicio, Sir George, puesto que sabéis que soy tan leal como vos! ¡Permitidme que me arme y entonces dilucidaremos esto en el campo de batalla! Habéis mancillado mi nombre con mentiras, y la única cosa que lo limpiará será... ¡vuestra muerte!
- (¡¡NO!!)



PÁGINA 5:
- En una hora, los dos hombres montan en medio de una multitud silenciosa.
- ¿Estáis preparado, Sir George?
- ¡Dispuesto! ¡¡Que sea a muerte, pues!!
- (Esto es una locura... ¡La armadura dorada me ha arrastrado a un duelo a muerte! ¡La lucha comienza... y no debo enfocar mi mente en nada que no sea la derrota de Sir Geoffrey! Mi concentración no debe desviarse... ¡Me preocuparé de cómo librarme de esta opresiva armadura más tarde!)
- ¡Pero Robert el escudero no iba a tener un "más tarde", porque mientras él estaba a la defensiva, la armadura dorada actuó!
- (¡No! Mi escudo... ¡apartado a un lado! Mi coraza pectoral... ¡se abre! ¡¡No tengo nada que me proteja de la lanza de Sir Geoffrey!!) ¡¡AKKK!!
- ¡Atrás! ¡Que nadie toque su celada...! ¡Después de una vida en la que sus rasgos han estado envueltos por el misterio... no albergo deseos de verlos en las contorsiones de la muerte!
- No puedo comprender las razones del extraño comportamiento de Sir George, pero desterremos estos actos recientes de nuestra memoria para que así podamos recordarle tal y como le conocimos... ¡como un auténtico caballero!
- Y así se quedó el pobre Robert... ¡un caballero muerto! Bueno, al menos ha aprendido algo de su experiencia con la armadura de Sir George... que aunque el hábito no hace al monje... ¡a veces sí que puede matarle! - FIN-

miércoles, 4 de marzo de 2015

ALAN MOORE: TERRIBLE SIMETRÍA




El texto que van a leer ustedes a continuación, titulado 'Symmetry becomes it', fue escrito por Alan Moore (sobran las presentaciones) exclusivamente para la edición española de la obra 'Magical Mistery Moore' (Sulaco Ediciones2000) un álbum que adaptaba al cómic las letras de las canciones que el barbudo de Northampton había compuesto a lo largo de los años para algunas bandas de rock. Lo peculiar de este escrito es que está elaborado de manera simétrica, es decir, que se trata de un enorme palíndromo. El texto en inglés que se lee hasta llegar a la palabra ASMODEUS (justo en el eje central del mismo) se repite a partir de ahí pero situando las palabras en orden estrictamente inverso, de atrás hacia delante. Esto es posible debido a que el idioma inglés es una lengua mucho más flexible y maleable que el castellano (bastante más rígido) que permite la elipsis de artículos y preposiciones y que incluso posibilita la utilización de una misma palabra como sustantivo o como verbo dependiendo del contexto. Esta diferencia impedía que la simetría del escrito de Moore pudiera ser duplicada en castellano, si bien el traductor del mismo (Lorenzo F. Díaz) procuró utilizar los mismos términos en ambas "partes" del texto para dar una idea aproximada del efecto buscado por el autor. Y yo no puedo dejar de sudar al pensar en la ingente cantidad de horas que Moore debió emplear en la confección de este escrito, un enorme rompecabezas...


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"SYMMETRY BECOMES IT.

   Come to ruin our impending feast, a presence that nourishes suffering. All things below voice his burning name. His turmoil offers only truth in which longer moments live. Let consciousness recapture the flicker it saw then.

   Torch our continuity of thought now, until that mind evaporates. Lust after shadows in us. Rend that lace of promises broken and white lies. Regard our love of wreckage; the way our heads thunder, approaching that warning pulse and temple of throbbing light that is ASMODEUS.

   ASMODEUS is that light throbbing of temple and pulse, warning that approaching thunder heads our way. The wreckage of love. Our regard lies white and broken. Promises of lace that rend us, in shadows, after lust evaporates.

   Mind that until now thought of continuity, our torch, then saw it flicker, the recapture: consciousness let live moments longer, which in truth only offers turmoil. His name burning, his voice below things. All suffering nourishes that presence, a feast impending, our ruin to come.

IT BECOMES SYMMETRY."

Alan Moore.

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"ESO ACABA SIENDO SIMETRÍA.

   A arruinar nuestro inminente festín viene una presencia que aumenta el sufrimiento. Todas las cosas bajas gritan su ardiente nombre. Su caos ofrece sólo esa verdad en la que perviven momentos duraderos. Que la consciencia recapture la vacilante llama que vio.

   Ya que consume la continuidad de nuestro pensamiento hasta evaporar esa mente. Acecha con deseo a las sombras que hay en nosotros. Destroza ese encaje de promesas rotas y blancas mentiras. Contempla nuestro amor en ruinas; la forma que atruena en nuestras cabezas, asemejándose a ese latido de aviso, ese templo de palpitante luz que es ASMODEO.

   ASMODEO es esa luz palpitante, ese templo que late avisando que ese trueno cercano se encamina hacia aquí. Las ruinas del amor. Nuestra mirada yace blanca y rota. Promesas de encaje que nos destrozan en sombras cuando el deseo se evapora.

   Tenlo en cuenta y piensa en su continuidad, después ve su llama vacilante, su recaptura: es la consciencia que hace que los momentos pervivan duraderos, aquellos que en verdad sólo ofrecen caos. Su nombre ardiente, su voz bajo las cosas. Todo sufrimiento aumenta su presencia, en un festín inminente que es nuestra ruina venidera.


LA SIMETRÍA ACABA SIENDO ESO."

Traducción: Lorenzo Díaz.

lunes, 2 de marzo de 2015

"¡ARREPIÉNTETE, ARLEQUÍN!"
DIJO EL SEÑOR TICTAC - FRANK MILLER (1986)


* Si queréis visionar la imagen a un tamaño superior del que permite el visor de Blogger, pulsad
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Para finalizar la serie de 4 entradas que hemos dedicado recientemente al famoso relato corto de Harlan Ellison y a sus diferentes adaptaciones gráficas, hoy nos despedimos con esta ilustración en blanco y negro a cargo de Frank Miller. La obra fue lanzada el 12 de Julio de 1986 por una galería de Los Ángeles como un exclusivo póster en edición limitada de 200 ejemplares firmados y numerados. Como podréis observar si os fijáis en la parte inferior de la lámina, el póster original que sirvió para obtener esta imagen escaneada era el número 106 de 200. Habrá que convenir que algo especial ha de tener obligatoriamente esta historia de Ellison para estimular de manera continuada la creatividad de artistas del talento de Niño, Steranko o el propio Miller.

domingo, 1 de marzo de 2015

"¡ARREPIÉNTETE, ARLEQUÍN!"
DIJO EL SEÑOR TICTAC - JIM STERANKO (1978)


Portada de 'The Illustrated Harlan Ellison' a cargo de Mike Whelan.

En 1978, la editorial neoyorquina Baronet Publishing Company lanzó un portafolio de ilustraciones realizadas por Jim Steranko (en una edición limitada de 500 ejemplares firmados por el propio autor) basadas en la historia de Harlan Ellison "¡Arrepiéntete, Arlequín!". El portafolio constaba de 6 láminas en blanco y negro en las que Steranko daba rienda suelta a su amor por la corriente surrealista, resultando especialmente notable la influencia artística de Salvador Dalí -y su vanguardista concepción del tiempo- sobre ellas. 










Unos meses después, ese mismo año de 1978, la editorial Byron Preiss Visual Publications lanzaba al mercado 'The Illustrated Harlan Ellison', un número especial en formato magazine que recopilaba ilustraciones y adaptaciones al cómic de algunos de los relatos más famosos de Ellison a cargo de dibujantes como Tom Sutton, Alfredo Alcalá, Wayne McLoughin, William Stout, Overton Loyd o Ralph Reese. La publicación incluía, junto al relato de Ellison, el portafolio de 6 láminas de Jim Steranko, pero no sólo eso, sino que además recogía otras 4 planchas que se habían quedado fuera de la versión original. La particularidad de esta edición radicaba en que las ilustraciones fueron diseñadas para ser vistas en 3 dimensiones, por lo que la revista incluía para ello unas gafas 3D anaglíficas (no se asusten por el nombre, son las típicas gafas de cartón con una lente de color rojo y otra azul cian con las que se simulaba el efecto tridimensional). Curiosamente, el encargado de realizar las separaciones de color sobre las ilustraciones originales de Steranko en B/N no fue otro que Neal Adams, quien por esa época ya hacía tiempo que se había embarcado en el negocio editorial a través de su sello 'Continuity Graphics'.











domingo, 22 de febrero de 2015

"¡ARREPIÉNTETE, ARLEQUÍN!"
DIJO EL SEÑOR TICTAC - ALEX NIÑO (1975)



'Unknown Worlds of Science Fiction' # 3 (Mayo 1975).
Portada: Mike Whelan.
Título: "Repent, Harlequin!" said the Ticktockman (17 páginas).
Guión: Roy Thomas, basado en el relato corto de Harlan Ellison.
Lápiz y tinta: Alex Niño.


Tal vez Alex Niño fuese el autor más talentoso de la oleada de artistas filipinos que inundó la industria del cómic norteamericano a principio de los años 70 -siguiendo la estela del pionero Tony DeZuñiga- con nombres tan ilustres como los de Ernie Chan, Alfredo Alcalá, Gerry Talaoc, Néstor Redondo o Rudy Nebres. Pero lo que sí es seguro es que, de entre todos ellos, Niño poseía el estilo de dibujo más personal e inimitable.

La adaptación en viñetas del clásico relato "¡Arrepiéntete, Arlequín!" de Harlan Ellison supuso el primer encargo profesional de Niño para Marvel, después de cuatro años consecutivos -de 1971 a 1975- trabajando en exclusiva para la plétora de títulos de terror de DC (House of Mystery, House of Secrets, The Witching Hour, Ghosts, Forbidden Tales of Dark Mansion, Weird Mystery Tales...). Según opinión de muchos, aquella primera obra sería la mejor de entre las pocas que hiciera para la 'Casa de las Ideas'. El cómic, de 17 páginas de extensión, apareció en el número 3 de la mítica revista 'Unknown Worlds of Science Fiction', un magazine de autoría coral en blanco y negro (editado a través del sello Curtis) con el que Marvel, a imitación de los títulos de la editorial Warren, pretendía explorar nuevos mercados, más allá de los eternos superhéroes, en busca de lectores y temáticas más adultas. En esta cabecera (de tan sólo 6 números más un especial de duración, por la que pasarían los mejores artistas de la empresa -Colan, Adams, Kaluta, Williamson, Andru, Pérez o Robins entre ellos) abundaban las adaptaciones literarias de autores señeros de la ci-fi como Ray Bradbury, Alfred Bester, Frank Herbert o Michael Moorcock.

Lo cierto es que, en el momento de su publicación, la adaptación de 'Repent, Harlequin!' de Niño fue una obra incomprendida, puesto que no le gustó a casi nadie: ni al guionista/editor Roy Thomas, ni a los lectores de la época, ni por supuesto al propio Harlan Ellison (escritor exigente como ninguno con las adaptaciones de sus relatos). Era demasiado extraña, demasiado rara y extravagante. El dibujo y la planificación de las páginas eran el equivalente gráfico a un viaje de ácido, pura psicodelia. Ellison se quejó de que el estilo de dibujo recargado, humorístico y caricaturesco de Niño (prácticamente underground) diluía la atmósfera represiva y distópica de su escrito, así como de que la narración era demasiado caótica y desquiciada. Quizás Ellison no se percató de que el Arlequín de Niño era la personificación viviente de la anarquía, hasta el punto de que su rebeldía influía en su entorno, en lo que sucedía a su alrededor, viñetas incluidas. Las páginas de 'Repent, Harlequin!' son algunas de las que más capas de significado tienen de toda la carrera de Alex Niño. Una historieta fundamental que posiblemente se adelantara a su tiempo, pero que hoy en día es una de las más recordadas de su autor. Un autentico clásico moderno intemporal que, por problemas de derechos, resulta prácticamente imposible que vuelva a reeditarse alguna vez en el futuro. En España fue publicado en 1976 en el número 24 de la colección 'Relatos Salvajes' de Vértice.

















miércoles, 18 de febrero de 2015

"¡ARREPIÉNTETE, ARLEQUÍN!"
DIJO EL SEÑOR TICTAC - HARLAN ELLISON (1965)




Un nuevo relato corto de Harlan Ellison que posteamos en el blog (el segundo tras "No tengo boca, y debo gritar"), publicado por primera vez en las páginas de la revista americana 'Galaxy' y ganador de los prestigiosos premios Hugo y Nébula de 1966, con la dictadura y la tiranía del tiempo como leitmotiv principal de la obra.

"Piensa en esto: cuando te regalan un reloj [...] no te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes. [...] Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben- [...] la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. [...] No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj".

Historias de Cronopios y Famas (1962).


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"ARREPIÉNTETE, ARLEQUÍN" DIJO EL SEÑOR TICTAC

   Nunca falta quien pregunta: «¿De qué se trata?» Para los que siempre necesitan preguntar, para aquellos a quienes siempre hay que decir las cosas con todas las letras, y que necesitan saber «dónde posan los pies», va esto:

   "La mayoría de los hombres sirve al Estado, no como hombres principalmente, sino como máquinas: con sus cuerpos. Son el ejército en pie, las milicias, los celadores, los policías, las fuerzas de la ley, etc. En muchos casos, no hay ningún ejercicio libre del juicio, o del sentido moral; estos hombres se ponen al mismo nivel que la madera, la tierra y las piedras; acaso tal vez  puedan fabricarse hombres de madera que sirvan a los mismos fines. No inspiran más respeto que un títere o que un trozo de tierra. Su valor es igual al de los perros o los caballos. Sin embargo, se les suele considerar buenos ciudadanos. Otros -en su mayoría legisladores, políticos, juristas, ministros y funcionarios- sirven al Estado principalmente con su mente; y, dado que muy rara vez hacen distinciones morales, son tan proclives a servir al Diablo, sin quererlo, como a Dios. Muy pocos, como los héroes, los patriotas, los mártires, los reformistas en el sentido más elevado, y los «hombres», sirven al Estado también con sus conciencias, y así, necesariamente, se le oponen casi constantemente; por lo general, el Estado suele tratarlos como a enemigos".

HENRY DAVID THOREAU, 'Desobediencia civil'.

   Allí está la raíz de todo. Ahora comencemos por el medio, y luego sepamos el principio; el final se encargará de sí mismo.

   Pero debido a que el mundo era precisamente así, precisamente como dejaron que llegase a ser, durante meses sus actividades no atrajeron la atención de Los-que-mantienen-la-maquinaria-funcionando-normalmente, de los que engrasaban con el mejor lubricante los resortes y muelles de la cultura. Sólo cuando fue evidente que, de algún modo, vaya a saberse cómo, se había convertido en una celebridad, en una notoriedad, acaso en un héroe («sujeto a quien la Oficialidad inevitablemente persigue») para «un segmento emocionalmente perturbado del populacho», sólo entonces fueron a ver al señor TicTac y a su maquinaria legal. Pero, por ser el mundo como era y porque no tenían forma de predecir que él llegaría a existir -posiblemente un rebrote de alguna enfermedad erradicada largo tiempo atrás que ahora volvía a surgir en un sistema donde la inmunidad había quedado en el olvido- posiblemente por eso se le había dejado adquirir demasiada realidad. Ya tenía forma y sustancia.

   Había adquirido una personalidad, algo que habían erradicado del sistema muchas décadas atrás. Pero allí estaba, con su personalidad insoslayable y definida. En ciertos círculos de la clase media, tener personalidad era considerado una vulgar ostentación. De mal gusto. Anarquista. Vergonzosa. En otros, sólo había risitas: los estratos donde el pensamiento se reducía a la forma y el ritual, a lo apropiado y conveniente. Pero más abajo, ah, más abajo, donde la gente pedía santos y pecadores, pan y circo, héroes y villanos, se le consideraba un Bolívar, un Napoleón, un Robin Hood, un Dick Bong (As de Ases), un Jesús, un Jomo Kenyatta. Quienes quiera que fuesen, por supuesto.

   Y arriba -donde cada temblor y vibración amenaza con arrancar a los ricos, poderosos y nobles de sus mástiles- se le veía como a un peligro para el statu quo, como a un hereje, un rebelde o una desgracia. Se le conocía en el fondo, en el centro, pero las reacciones importantes se producían mucho más arriba, y por debajo. En la cúspide y en el extremo inferior.

   De modo que buscaron la carpeta con su expediente, su tarjeta de tiempo y su cardioplaca, y llevaron todo al despacho del señor TicTac.

   El señor TicTac: muy por encima del metro ochenta, adusto, un hombre suave y satisfecho cuando las cosas sucedían a su tiempo. El señor TicTac.

   Aún en los cubículos de la jerarquía, donde el temor se generaba pero pocas veces se sufría, lo llamaban el señor TicTac. Pero nadie se lo decía ante la máscara.

   Uno no llama a un hombre con un mote aborrecido cuando, detrás de su máscara, ese hombre es capaz de revocar los minutos, las horas, los días y las noches, los años de su vida. En su presencia, había que llamarlo Maestro Custodio del Tiempo. Así era más seguro.

-Aquí dice qué es -observó el señor TicTac con genuina suavidad- pero no quién es. Esta tarjeta de tiempo que tengo en la mano izquierda contiene un nombre, pero es el nombre de lo que es, no de quién es. La cardioplaca que sostengo en la derecha también contiene un nombre, pero sólo de lo que es, no de quién es. Para poder efectuar la debida revocación, necesito saber quién es éste que es.

   Y dijo a sus funcionarios, a los fisgones, a los delatores, a los soplones, a los espías, a los mirones:

-¿Quién es este Arlequín?

   Ya no hablaba con voz tan suave. Parecía el tictac de un reloj.

   Sin embargo, nunca le habían oído decir un discurso tan largo de un tirón. Ni los funcionarios, ni los fisgones, ni los delatores, ni los soplones, ni los espías. Los mirones no, porque casi nunca andaban por ahí y no sabían nada. Pero incluso ellos salieron disparados a averiguarlo.

   ¿Quién era el Arlequín?

   En lo alto, sobre el tercer nivel de la ciudad, se acurrucó sobre la plataforma vibrante, de marco de aluminio, de la aeronave (¡Bah! ¡Aeronave, las cosas que hay que oír! ¡Es un aeropatín que parece una coctelera! ¡Barato y mal acabado! - Harlan), y observó el minucioso diseño Mondrian de los edificios.

   Cerca de allí, oyó el metronómico izquierda-derecha-izquierda del turno de las 14:47 que ingresaba en la planta de cojinetes Timkin, todos ataviados con zapatillas de suela de goma. Precisamente un minuto después, oyó el derecha-izquierda-derecha, algo más suave, del turno de las 5:00 que terminaba la jornada.

   Una sonrisa traviesa surcó sus rasgos bronceados y, por un instante, se le vieron los hoyuelos. Luego, mientras se rascaba la cabellera tupida y castaña, se encogió de hombros bajo el disfraz de bufón, como si se preparara para lo que vendría. Empujó el mando hacia delante y se inclinó hacia el viento cuando la aeronave perdió altura. Casi rozó una acera, y con toda deliberación lo hizo descender un metro para arrugar las borlas de las peripuestas damas, y tras meterse los pulgares en las inmensas orejas, asomó la lengua, miró hacia arriba y se burló de ellas sin ningún rubor. Se divirtió un poco. Una transeúnte perdió el equilibrio y cayó, lanzando paquetes a diestro y siniestro; otra se mojó la ropa, una tercera se desmayó y cayó de lado: la cinta peatonal se detuvo automáticamente cuando intervinieron los socorristas para reanimarla. Se divirtió otro poco.

   Luego giró sobre sí y se alejó montado en una ráfaga errante. ¡Hasta luego!

   Rodeó la cornisa del Edificio de Estudios sobre la Traslación del Tiempo, y vio que el turno de empleados partía para abordar la cinta peatonal. Con desplazamientos experimentados y absoluta conservación del movimiento, se introducían de lado en la banda lenta y (en una coreografía que recordaba una película de Busby Berkeley de la antediluviana década de 1930) avanzaban a través de las cintas con paso de avestruz hasta que quedaban alineados sobre la cinta expreso.

   Una vez más, expectante, dejó asomar la sonrisa de duende. En el lado izquierdo, al fondo, le faltaba una muela. Perdió altura, se abalanzó sobre ellos y barrió el aire sobre sus cabezas. Luego, apretujándose dentro de la aeronave, soltó las hebillas que aseguraban los extremos de los sacos de factura casera para que la carga no cayese antes de tiempo. A medida que las hebillas fueron abriéndose, mientras la aeronave pasaba sobre los obreros de la fábrica, ciento cincuenta mil dólares en gominolas cayeron formando una cascada sobre la cinta expreso.

   ¡Gominolas! Miles de millones de caramelos púrpura, amarillos, verdes, con sabor a uva, fresa y menta, redondas, suaves, azucaradas por fuera, tiernas y carnosas por dentro, dulces y sabrosas. Saltando, sacudiéndose, rebotando, tintineando, repiqueteando, cayeron sobre las cabezas, los hombros, los cascos y las corazas de los obreros de la planta Timkin, ensordecedoras, saltarinas y resbaladizas sobre las cintas peatonales y bajo los pies, colmando el cielo con todos los tonos de la felicidad, la infancia y las vacaciones, cayendo copiosamente como una lluvia impenetrable, como una catarata sólida, como un torrente de color y dulzura que derramara el firmamento para irrumpir en un universo de cordura y orden metronómico con la novedad medio lunática de lo inverosímil. ¡Gominolas!

   Los obreros del turno gritaron y rieron mientras los apedreaba el insólito granizo. Rompieron filas mientras las golosinas lograban abrirse paso por entre el mecanismo de las cintas. Se oyó un arañazo horripilante, como si millones de uñas rasparan un millón de pizarras. Después, algo que pareció una tos y un escupitajo. De pronto, las cintas se detuvieron y la gente salió disparada por aquí y por allá en un revuelo de piernas y brazos, mientras todo el mundo reía a mandíbula batiente y se arrojaban gominolas de colorines a la boca. Era una fiesta, una dicha, una absoluta locura, un regalo. Pero...

   El turno se retrasó siete minutos.

   La gente regresó al hogar siete minutos más tarde.

   El programa maestro llevaba un desfase de siete minutos.

   Durante siete minutos, las estimaciones de producción se retrasaron por culpa de las cintas peatonales detenidas.

   Él empujó la primera ficha de dominó de la hilera y, una tras otra, fueron cayendo las demás, chic, chic, chic.

   El Sistema se alteró por valor de siete minutos. Era una cuestión ínfima, apenas digna de mención, pero en una sociedad en que la única fuerza motriz era el orden, la unidad, la igualdad, la rapidez, la precisión de reloj, la atención al reloj, la veneración a los dioses que regían el paso del tiempo, fue un desastre de consideración.

   Así pues, le ordenaron que se presentara ante el señor TicTac. La noticia fue transmitida por todos los canales de la red de comunicación. Se le ordenó que estuviese allí a las 7:00 en punto. Ellos esperaron y esperaron, pero él sólo se presentó a las diez y media, hora en que se limitó a cantar una tonada sobre la luna en un sitio del que nadie había oído hablar, llamado Vermont, y volvió a desaparecer. Pero lo habían estado esperando desde las siete, y eso causó auténticos estragos en su programa. De modo que la pregunta siguió sin respuesta: ¿Quién era el Arlequín?

   Pero lo que nadie preguntó (más importante aún que lo otro) fue: ¿cómo hemos llegado a esta situación, en que un bufón irresponsable y jocoso, de jerga y jerigonza, es capaz de perturbar toda nuestra vida económica y cultural con ciento cincuenta mil dólares en gominolas...?

   ¡Gominolas, por el amor de Dios! ¡Pero si es una locura!

   ¿Dónde habrá conseguido el dinero para comprar ciento cincuenta mil dólares en gominolas? (Sabían que debía de haberle costado eso, pues un equipo de Analistas de Situación abandonaron cualquier otra tarea y corrieron a las cintas peatonales para recoger y contar los dulces, y para obtener evidencias, lo cual perturbó su propio programa y puso patas arriba toda su sección al menos durante una jornada de trabajo.) ¡Gominolas! ¿Gominolas? ¡Un segundo! (segundo del que hubo que dar cuenta). Hace cien años que no se fabrican gominolas. ¿Dónde las habrá conseguido?

   Ésa es otra pregunta interesante. Aunque, con toda seguridad, la respuesta nunca os satisfará por completo. Pero, al fin y al cabo, ¿cuántas respuestas lo logran?

   Ya conocéis el medio. Aquí va el comienzo. Todo empezó así:

   Una agenda. Día por día, página por página. 9:00 (abrir la correspondencia). 9:45 (cita con la comisión de planeamiento). 10:30 (analizar con J. L. los diagramas de progreso en la instalación). 11:45 (orar para que llueva). 12:00 (almuerzo). Etcétera, etcétera.

   «Lo siento, señorita Grant, pero la hora para las entrevistas se fijó a las 14:30, y ya son casi las cinco. Lamento que se haya retrasado, pero así son las reglas. Tendrá que esperar hasta el próximo año para poder presentar la solicitud de ingreso en este colegio.» Etcétera, etcétera.

   El tren local de las 10:10 tiene paradas en Cresthaven, Galesville, Tonawanda Junction, Selby y Farnhurst, pero no en Indiana City, Lucasville y Colton, salvo los Domingos. El expreso de las 10:35 para en Galesville, Selby e Indiana City, salvo Domingos y festivos, días en los cuales para en... Etcétera, etcétera.

   «No pude esperarte, Fred. Tenía que estar en casa de Pierre Cartain a las15:00, y tú dijiste que nos encontraríamos bajo el reloj de la estación a las 14:45. Como no estabas allí, me fui. Siempre llegas tarde, Fred. Si hubieras estado a la hora convenida, habríamos podido arreglar el asunto juntos, pero como no llegaste a tiempo, pues... tuve que hacer el encargo sólo a mi nombre...» Etcétera, etcétera.

   «Queridos Sr. y Sra. Atterley: Con referencia a la constante impuntualidad de su hijo Gerald, nos vemos en la obligación de expulsarlo de la escuela a menos que pueda instaurarse algún método más riguroso para asegurar que llegue a sus clases a la hora debida. Dado que es un estudiante ejemplar y que sus notas son altas, su constante alteración de los programas y horarios nos impide mantenerlo en un sistema donde los demás niños parecen capaces de llegar adonde deben con puntualidad, y etcétera, etcétera.»

   NO PODRÁ VOTAR SI NO SE PRESENTA A LAS 8:45.

   «¡No me importa que el guión sea bueno! ¡Lo necesito el Jueves!»

   HORARIO DE SALIDA: 14:00.

   «Ha llegado usted tarde. El empleo está ya ocupado. Lo siento.»

   SE HAN DESCONTADO DE SU SUELDO VEINTE MINUTOS DE TIEMPO PERDIDO.

   «¡Dios mío! ¡Qué tarde se ha hecho, tengo que salir pitando!»

   Etcétera. Etcétera. Etcétera. Etcétera cétera cétera tera tera tictac tictac tictac hasta que llega el día en que el tiempo ya no está a nuestro servicio, sino que nosotros comenzamos a servir al tiempo, a ser esclavos de los horarios, pastores del paso del sol por el firmamento, sujetos a una vida tejida en torno de restricciones, porque el sistema no funciona si no respetamos los programas como corresponde.

   Hasta que llegar tarde pasa a ser más que un pequeño inconveniente. Se convierte en un pecado. Luego, en un delito. Más tarde en un crimen que se castiga así:

   «EL 15 DE JULIO DE 2.389 A LAS 0:00*00, el Departamento del Maestro Custodio del Tiempo requerirá que todos los ciudadanos entreguen sus tarjetas de tiempo y cardioplacas para su procesamiento. Según el Estatuto 555-7-SGH-999, que reglamenta la revocación de tiempo per cápita, todas las cardioplacas se ajustarán a cada titular, y...»

   En realidad crearon un método para cercenar la extensión de vida de las personas. Si uno se retrasaba diez minutos, perdía diez minutos de vida. Una hora de retraso merecía idéntico lapso de revocación. Si alguien persistía en su impuntualidad, podía encontrarse con que, un domingo a la noche, llegaba una notificación del Maestro Custodio del Tiempo en la que se le informaba que su tiempo había concluido, y que sería «desactivado» el Lunes a las doce del mediodía, y que tuviera a bien dejar en orden sus asuntos, caballero, dama o bisexual.

   Así se mantenía en funcionamiento el Sistema: mediante ese sencillo trámite científico (que se apoyaba en procesos tecnológicos celosamente guardados por el Departamento del Maestro Custodio del Tiempo). Con ello bastaba. Después de todo, era un procedimiento patriótico. Había que cumplir los horarios. ¡Después de todo, estábamos en guerra!

   Pero ¿acaso no se está siempre en guerra?

-¡Qué desagradable!- exclamó el Arlequín cuando la Bella Alice le mostró la lámina de «Se Busca» . Desagradable y muy poco probable. Después de todo, no estamos en la época del Lejano Oeste. ¿Una pancarta de «Se Busca»?

-No sé si te he dicho que hablas con demasiada inflexión- observó la Bella Alice.

-Lo siento- respondió el Arlequín, humilde.

-No tienes por qué lamentarte. Te pasas el día diciendo «Lo siento». Ay, Everett, cargas con una culpa tan impresionante... Es una verdadera pena...

-Lo siento- repitió, y luego frunció los labios. Los hoyuelos asomaron fugazmente. No había querido decirlo. -Debo volver a salir. Tengo algo que hacer.

   La Bella Alice descargó el cuenco de café sobre el mostrador.

-¡Por amor de Dios, Everett! ¿No puedes quedarte en casa una sola noche? ¿Siempre tienes que pasearte con ese espantoso traje de bufón, corriendo como un loco y molestando a la gente?

-Tengo que...- se detuvo y se acomodó el sombrero de payaso sobre la cabellera castaña con un tintineo de cascabeles. Se levantó, enjuagó la taza de café bajo el grifo rociador y lo puso un momento en el secador. -Tengo que irme.

   La mujer no respondió. El fax ronroneaba. Fue hasta él, extrajo una hoja, la leyó y se la arrojó a través del mostrador.

-Se trata de ti. Como siempre. Eres ridículo.

   La leyó deprisa. Decía que el señor TicTac trataba de localizarlo. No dejó que la noticia lo preocupara. Saldría una vez más, para llegar tarde nuevamente. Al llegar a la puerta buscó alguna línea de salida y se volvió hacia atrás con petulancia.

-¡Para que te enteres, tú también hablas con inflexión! La Bella Alice alzó los ojos hacia el techo.

-Eres ridículo.

   El Arlequín partió y quiso cerrar de un portazo, pero la puerta se cerró por sus propios medios, suave y lentamente.

   Se oyó un débil toc-toc. La Bella Alice se levantó con un exasperado suspiro y abrió la puerta. No se había ido.

-Regresaré a las diez y media, ¿está bien? -Ella asomó su rostro desolado.

-¿Por qué me dices estas cosas? ¿Por qué? Sabes que llegarás tarde. ¡Lo sabes mejor que yo! Siempre te retrasas. ¿Qué necesidad tienes de decirme estas tonterías? -Cerró la puerta.

   Al otro lado, el Arlequín asintió. «Tiene razón. Siempre tiene razón. Llegaré tarde. Siempre llego tarde. ¿Qué necesidad tengo de decirle estas tonterías?»

   Se encogió de hombros y partió, para llegar tarde una vez más.

   Disparó los cohetes lanzahumos y dibujó en el firmamento:

   «Exactamente a las 8:00 acudiré a la 1ª Convención Anual de la Asociación Médica Internacional. Espero que podáis acompañarme.»

   Las palabras ardieron en el cielo y, desde luego, las autoridades se presentaron a esperarlo. Supusieron, naturalmente, que llegaría tarde. Llegó veinte minutos temprano, mientras sujetaban las redes que debían atraparlo. Hizo sonar una estruendosa alarma que los sobresaltó y los sacó de quicio. Tanto, que sus propias redes pegajosas se cerraron sobre ellos y los dejaron pendiendo por encima del anfiteatro, entre pataleos y aullidos. El Arlequín empezó a reír y a reír, se disculpó profusamente y desapareció. Los médicos, reunidos en cónclave solemne, estallaron en carcajadas, y aceptaron las disculpas del Arlequín con exageradas inclinaciones de cabeza y reverencias. Todos se divirtieron a más no poder y pensaron que el Arlequín era un payaso de calzón y faralaes. Todos, claro está, menos las autoridades, que habían sido enviadas por orden del señor TicTac, y que quedaron colgando como sacos sobre el suelo del anfiteatro, del modo más inapropiado.

   (En otra parte de la misma ciudad donde el Arlequín efectuaba sus «actividades», sucedía algo totalmente ajeno a lo que aquí nos concierne, pero que, sin embargo, ilustra el poder y la coerción del señor TicTac. Un hombre llamado Marshall Delahanty recibía su aviso de desactivación del departamento del señor TicTac. Su esposa tomó la nota de manos del empleado de traje gris que había ido a entregarla, con la tradicional «expresión de condolencia» estampada horrorosamente en el rostro. La mujer supo de qué se trataba aún antes de abrirla. Era una esquela que, en esos días, todos reconocían de inmediato. Contuvo el aliento y la sostuvo lejos de su cuerpo, como si se tratara de un portaobjetos impregnado de botulismo; oró por que no fuese para ella. «Que sea para Marsh -pensó, con brutalidad y realismo- o para alguno de los niños, pero no para mí. Dios santo, por favor, que no sea para mí.» Entonces la abrió, y era para Marsh. La mujer sintió alivio y espanto al mismo tiempo. La bala había dado al soldado de atrás.

-Marshall- gritó. -¡Marshall! ¡Te desactivarán, Marshall! ¡Ay-Dios-mío, Marshall, qué haremos-Marshall-qué-haremos-Dios-mío...!

   Y esa noche, en su casa, sólo se oyó el ruido del papel hecho trizas, y el ruido del miedo, y por las chimeneas sólo subió el olor a desesperación: no había nada, absolutamente nada que pudieran hacer.

   Pero Marshall Delahanty trató de escapar. Y al día siguiente, bien temprano, cuando llegó el momento de la desactivación, estaba en lo más profundo del bosque canadiense, a trescientos veinte kilómetros de allí. El departamento del señor TicTac desactivó su cardioplaca, y Marshall Delahanty se hincó doblado en dos, mientras corría. El corazón se le detuvo y la sangre se secó durante el trayecto al cerebro. Se murió. Eso fue todo. Sobre el mapa que había en el departamento del Maestro Custodio del Tiempo, se extinguió una lucecita, mientras la notificación entraba en proceso para ser reproducida por facsímil. El nombre de Georgette Delahanty fue sumado a las listas de los beneficiarios con el socorro asistencial hasta que pudiera volver a casarse. Con esto termina la digresión, y todo lo que había que aclarar, pero no os riáis, pues es lo que le sucedería al Arlequín si alguna vez el señor TicTac descubría su nombre verdadero. No tiene nada de gracioso.)

   El nivel comercial de la ciudad brillaba, abigarrado con los colores que la gente usaba los Jueves para ir de compras: mujeres con túnicas amarillo canario, y hombres con traje pseudotirolés, de cuero y color jade, que les sentaban muy ajustados, salvo por los pantalones bombachos.

   Cuando el Arlequín apareció en la cúpula aún en construcción del nuevo Centro de Compras Eficientes con el altavoz sobre los labios sonrientes, todos le señalaron, boquiabiertos. Pero él los amonestó:

-¿Por qué dejáis que os manden como a esclavos? ¿Por qué dejáis que os hagan correr y apresuraos como hormigas? ¡Tomaos vuestro tiempo! ¡Entreteneos por ahí un rato! Disfrutad del sol, de la brisa, dejad que la vida os conduzca a vuestro propio ritmo! No seáis esclavos del tiempo, es una forma diabólica de morir: lentamente, poco a poco. ¡Fuera el señor TicTac!

   ¿Quién será ese lunático? se preguntaron casi todos los clientes. ¿Quién será ese lo... ay, Dios, debo darme mucha prisa, o llegaré tarde...

   Los obreros que trabajaban en la cúpula del Centro Comercial recibieron un aviso del Maestro Custodio del Tiempo. En él se les decía que el peligroso criminal conocido como «Arlequín» se encontraba en lo alto de la torrecilla, y que debían prestar su ayuda con suma urgencia para capturarlo. Los obreros se negaron: perderían tiempo previsto para el programa de la construcción. Pero el señor TicTac se las arregló para mover los hilos gubernamentales precisos: se les ordenó que dejaran el trabajo y que atraparan a ese loco que había en la torre, a través de un altavoz. Así pues, unos doce hombres robustos comenzaron a trepar por los andamios, con las placas anti-gravedad, hacia el Arlequín.

   Después del desorden desastroso (durante el cual no hubo víctimas graves, gracias a la consideración del Arlequín por la seguridad personal), los obreros trataron de organizarse y apresarlo, pero fue demasiado tarde. Se había esfumado. Con todo, logró atraer a una multitud nada desdeñable, y el ciclo de compras previsto se demoró durante horas y horas. Así, las demandas de compras del sistema se vieron retrasadas y hubo que tomar medidas para acelerar el ciclo durante el resto de la jornada. Pero como el primer ciclo se retrasó y luego se adelantó, se vendieron demasiadas válvulas de flotador y no suficientes cojinetes, lo cual provocó un fallo en las estimaciones, lo cual, a su vez, hizo necesario enviar cajas y más cajas de Smash-0 perecedero a tiendas que, por lo general, sólo necesitaban una cada tres o cuatro horas. Los envíos se trastocaron, en los transbordos se confundieron los destinos, y por fin, hasta la industria de los aeropatines sufrió las consecuencias.

-No volváis hasta que no lo hayáis capturado- dijo el señor TicTac con voz muy serena, muy sincera, extremadamente peligrosa. Usaron perros. Usaron sondas. Usaron entrecruzamientos de cardioplacas. Usaron señuelos. Usaron el soborno. Usaron la delación. Usaron la intimidación. Usaron tormentos. Usaron torturas. Usaron servicios de bribones y de policías. Usaron pesquisas. Usaron encerronas. Usaron incentivos. Usaron huellas dactilares. Usaron el sistema Bertillon. Usaron astucias, culpas y traiciones. Usaron a Raoul Mitgong, pero no les sirvió de gran cosa. Usaron la ciencia aplicada. Usaron técnicas de criminología.

   Y, qué demonios, al final lo atraparon.

   A fin de cuentas, su nombre era Everett C. Marm, y no era gran cosa: sólo un hombre sin sentido del tiempo.

-Arrepiéntete, Arlequín! -dijo el señor TicTac.

-¡Vete a la porra! -replicó el Arlequín, desdeñoso.

-Tus retrasos suman un total de sesenta y tres años, cinco meses, tres semanas, dos días, doce horas, cuarenta y un minutos, cincuenta y nueve segundos punto cero tres seis uno uno uno micro-segundos. Has empleado todo lo que tenías, y más aún. Voy a desactivarte.

-Vete a asustar a otro. Prefiero morir antes que vivir en un mundo opaco con un hombre del saco como tú.

-Es mi trabajo.

-Te sale hasta por las orejas. Eres un tirano. No tienes derecho a mandar a las personas como si fueran esclavos y a matarlas cuando llegan tarde.

-No puedes adaptarte. No encajas en el sistema.

-Suéltame y verás cómo te encajo el puño contra los dientes.

-Eres un inconformista.

-Eso antes no era ningún delito...

-Pues ahora lo es. Vive en el mundo que te rodea.

-Lo odio. Es un mundo atroz.

-No todos comparten tu opinión. A casi todo el mundo le gusta el orden.

-A mí, no. Y a casi toda la gente que conozco, tampoco.

-No es cierto. ¿Cómo crees que te capturamos?

-No me interesa saberlo.

-Una chica llamada Bella Alice nos dijo dónde te encontrabas.

-Mentira.

-Es cierto. Tú la sacas de quicio. Quiere formar parte de la sociedad, quiere sentirse satisfecha. Voy a desactivarte.

-Pues entonces hazlo, y déjate de discusiones.

-No voy a desactivarte.

-¡Eres un imbécil!

-¡Arrepiéntete, Arlequín! -dijo el señor TicTac.

-¡Vete a la porra!

   Lo enviaron a Coventry. Y en Coventry lo programaron. Fue como lo que le hacían a Winston Smith en '1984', que era un libro del que ellos nada sabían, sólo que las técnicas eran cosa muy antigua. Eso hicieron con Everett C. Marm. Así, un día, mucho tiempo después, el Arlequín apareció en la red de comunicación con aspecto de duende, hoyuelos y ojos brillantes. No parecía que le hubieran lavado el cerebro. Dijo que había estado equivocado, que era algo bueno -muy bueno- integrarse al sistema, ser puntual y no andar perdiendo el tiempo por ahí. Todos lo miraron en las pantallas públicas que cubrían toda una manzana, de esquina a esquina, y se dijeron «ya ves, después de todo, no era ningún loco. Si así funciona el sistema, pues que siga haciéndolo. De nada sirve luchar contra la burocracia municipal, o, en este caso, contra el señor TicTac». De modo que Everett C. Marm fue destruido, lo cual fue una verdadera lástima, por lo que Thoreau dijo antes, pero nadie puede hacer una tortilla sin romper unos cuantos huevos, y en toda revolución mueren unos cuantos que no lo merecen. Así va la cosa; a veces sucede, y uno se conforma sólo con poder imponer un pequeño cambio. O, para decirlo más explícitamente:

-Ejem, perdóneme, señor..., hum..., no sé cómo..., eh..., decírselo, pero ha llegado tres minutos tarde. El horario se nos ha..., digamos..., desequilibrado.

   Sonrió con aire avergonzado.

-¡Ridículo!- murmuró el señor TicTac por detrás de la máscara. -Haga revisar su reloj.

   Y se marchó a su oficina, de lo más mrmee, mrmee, mrmee...